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Profesor Sebastián Soto: El enredo de los 2/3

20 de Septiembre 2021

Emol

Lo que debe o no votarse por 2/3 de la Convención, el “enredo de los 2/3” como lo llamó la machi Linconao, es un tema “a la vez muy simple y muy complicado” (esto último, en homenaje al capitán Haddock… a quien queman en algunas escuelas de Canadá).

Es simple en un mundo normal. Hay ciertas normas, el reglamento de la Convención y las normas de la nueva Constitución, que deben ser aprobadas por un quorum especial. ¿Por qué? Porque si hay algo que ha calado a fondo en nuestro momento constitucional es eso de “la casa de todos”.

Y entonces los 2/3 es una forma procedimental para motivarla, exigiendo consensos amplios que promueven más legitimidad.

Entonces, en un mundo normal, que se exija que el Reglamento de votación deba ser aprobado por 2/3 significa que todas las normas que regulan las votaciones y el proceso para llegar a ellas deben ser aprobadas por 2/3. Obviamente no solo el acto de apretar un botón, sino también la deliberación previa, los procedimientos que la anteceden y sus efectos.

En resumen, aquellas normas que sean un “complemento necesario”, como dice el Tribunal Constitucional español, del proceso de votación. Pero la Convención decidió otra cosa: todas las disposiciones del reglamento que regula las votaciones se aprobarán por mayoría. Incluso el artículo que regula la votación de las normas de la nueva Constitución, en la que se dice que esta se aprobará por 2/3, se aprueba ahora por mayoría. ¿No es una norma como esa parte esencial del Reglamento de votación? Sí.

¿No debiera entonces ser aprobada por 2/3? Así es. ¿Y por qué decidieron que tendría quorum simple? Aquí empieza lo complicado.

La primera complicación es que algunos argumentan que se trata de una estrategia inteligente para detener la marea contra los 2/3. Ahora que sería de quorum simple, los 2/3 serán aprobados… a ellos habría que recordarles el consejo de Galio, el insondable personaje nacido de la pluma de Aguilar Camín: “En política, no hay peor pecado que la ingenuidad”.

Porque cuando lleguen los momentos difíciles (pues estamos en la antesala), la regla de los 2/3 durará lo que quiera la mayoría. Si ya antes se saltó la Constitución, ¿qué detendrá que mañana ocurra lo mismo?

Dicho de otra forma, lo que ha definido esta semana la Convención es que el quorum para aprobar las normas de la futura Constitución será el que decida la mayoría. Hoy dice que es 2/3… mañana, quién sabe.

La segunda complejidad es que la única que puede arreglar este entuerto es la Corte Suprema. En un mundo normal, la regla es tan evidentemente clara que nadie dudaría de una sentencia en contra de las intenciones de la Convención.

Pese a ello, y como la decisión de recurrir es tan política como jurídica, hay que pensar bien cuándo subirse a ese tren cuya estación terminal nadie puede adelantar hoy.

Pero lo más complejo es que subyace a todo esto la idea de que el Derecho ya no sirve y que hoy solo valen las aspiraciones de un pueblo que unos pocos saben interpretar.

Diversas frases en el pleno de esta semana lo muestran con claridad, como cuando se ensalza el “momento destituyente” del 18-O o aquella de Natalia Henríquez (ex-LDP): “Todo lo jurídico es político; antes de establecer leyes hay disposiciones políticas para hacerlas a favor o en contra del pueblo”.

Y también la de M. Barraza (PC) cuando se pregunta si el poder de la Convención está “limitado por las élites y los privilegiados”, olvidando no solo que un límite al poder es el Derecho, sino también que él fue ministro.

La vulgarización del Derecho es una mala noticia para todo el proceso que estará sometido a estas incesables pugnas donde, a falta de reglas, ganará el más fuerte.

Es también una mala noticia para la nueva Constitución; y es que nadie debe creer que el respeto al Derecho se recuperará de un día para otro, por arte de la nueva Constitución.

Esta, mientras dure la resaca, será tan débil como la actual y mañana se invocará a nuestros “padres fundadores” para recordar que al “pueblo” no le valen constituciones, viejas o nuevas.

Pero la peor noticia de todas es la que nos advierte “El Federalista”: “La mayoría de aquellos hombres que han destruido las libertades de alguna república han iniciado su carrera adulando al pueblo, comenzando como demagogos y terminando como tiranos”.

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